Pintar en la naturaleza

Cualquier forma de arte es comunicar, expresarse. Pintar una simple linea del horizonte ya está contando una historia muy personal.

Cuando pinto en la naturaleza, lo hago por mero entrenamiento y disfrute. Sólo son modestos apuntes. Lo que veo, lo que siento, el calor, el frío, el aire, todas las vibraciones que me van llegando, me ayudan a construir un mensaje que con la ayuda de mis útiles y mi soporte conformaran la historia de ese día y que evidentemente tendrá mi filtro y mi personalidad. Es lo que yo cuento y nadie puede contarlo como yo, bajo las circunstancias concretas de ese día y con esa atmósfera. Lo encuentro estimulante y siempre que tengo ocasión salgo a pintar por ahí.

Pero, ¿como me organizo?

Sea que estoy en casa o de viaje, procuro disponer siempre de mis bártulos por si se da la ocasión. Ahora estoy utilizando mucho el gouache y se complica un poquito más que con acuarela. Nada grave. Uno o varios días antes, localizo el sitio que me gusta, en esto mejor no improvisar, hay que ir preparado. Compruebo el tiempo que hará y donde podré posicionarme de manera que:

-Yo esté a la sombra. Al sol los colores en el papel se distorsionan y se secan mucho los pigmentos.

-Sea un sitio tranquilo y apartado. Demasiada gente o ruido alrededor me desconcentran. Supongo que sería genial pintar la Alhambra desde el Albaicín pero no estoy yo en condiciones de cerrar eso al paso de los miles de turistas, de manera que mientras tanto, me conformo con sitios más asequibles.

-Pueda dedicar al menos entre dos horas o dos horas y media. Aunque sea un pequeño apunte, soy de proceso lento y necesito analizar bien antes de empezar.

-Lo más importante, tener un estado mental tal de convencimiento de que ese pequeño estudio no irá a ninguna parte, sólo forma parte de mi entrenamiento e irá a mi carpeta de éxitos y fracasos. (Ya he explicado en otra entrada de la falacia de los “fracasos”).

-Con respecto al material, llevo lo básico y esencial que aún así es bastante:

Ropa cómoda, pantalones largos, (en el campo los mosquitos campan a sus anchas), repelente, protector solar, sombrero y chubasquero. A veces si voy en coche, llevo un pequeño termo con café

Después, mi trípode plegable y ligero, soporte para el cuaderno “selfmade”, soporte para la paleta, paleta de gouache y tubos, pocillo, agua, pinceles, papel desechable, y mi estuche de lápices. Todo ello en una mochila y un bolso pequeño. Muchas veces con mi bici.

Mientras pinto, la mayor parte de la gente con la que me cruzo es amable y respetuosa y disfruto cuando la interacción lo es también y te dejan trabajar sin importunar. No me gusta que me miren trabajar, es un asunto muy privado y personal. Cuando no es así, lo solicito amablemente y nunca he tenido problemas. Me gusta la soledad cuando pinto. Otra de las cosas que me incomodan es pedir que no me hagan fotos ni a mi ni a mi trabajo, algo tan de sentido común pero que cada vez lo es menos.

Cuando pintas en la naturaleza, no tienes tiempo que perder y despliegas estrategias para ir directo al grano porque sabes que la luz está cambiando, sabes que no vas a volver al mismo sitio, al menos no con ese trabajo, será otro y bajo otra perspectiva, de manera que tu cerebro se coloca en modo práctico y aprovecha cada minuto. Además le tomas el pulso y temperatura al sitio de manera que ninguna foto ni reel de Instagram puede igualar.

Ya he dicho antes que el estado mental para mi es crucial. Yo me definiría como: “Hoy voy a hacer algo de lo que quedar satisfecha pero aún así sólo es un pequeño apunte que hago para aprender y como tal no me molesto ni en poner cinta en los bordes para que quede presentable, porque no irá a ninguna parte. Sólo yo sabré si me gusta”.

Ahora si, disfruto de los sonidos de la naturaleza que tanto me inspiran y me dejo llevar por los pinceles.

Cuando termino, hago una foto para recordar el momento, cierro el cuaderno, recojo mis trastos y vuelvo contenta del nuevo intento.

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How I did it